miércoles, 22 de julio de 2020

"The Blacklist": El nuevo disfraz del héroe oscuro



Es hora de hablar de "The Blacklist". Y del mito del héroe romántico. Detrás de Edipo de Tebas -origen no solo del complejo que lleva su nombre, sino también de una saga de héroes malditos- había una zona oscura, pero el destino, indescifrable para él, se la había revelado. Porque se engañó a sí mismo sobre la respuesta del oráculo, o porque quiso engañarse, Edipo cometió el pecado que el oráculo le había augurado en Delfos. El héroe del romanticismo, en cambio, sabe bien cuál es el pecado o la desgracia que lo atormentan desde el pasado y cuyas sombras aparecen en el escenario en el que actúa o entre sus palabras o en el aspecto de su máscara. Según el húngaro británico Arnold Hauser, autor del monumental estudio titulado "Historia social de la literatura y el arte" -que fue mi Biblia crítica en los años mozos- el prototipo del héroe romántico, por su figura, es Lord Byron. De un modo o de otro, el romántico llama la atención sobre sí, pero nunca revela la fuente de su dolor, hasta divinizarlo como martirologio. De este modo el romanticismo es la matriz del dandi, del vengador y del aventurero en la literatura y el arte, pero también en la vida. Precisamente el romanticismo fijó la regla según la cual el artista debe ser consecuente con su obra, lo que deriva en que a la larga o a la corta la obra modela al artista. El matrimonio sin divorcio de vida y obra es un poderoso imán para todas las formas del arte desde Byron en adelante. Hay que decir con justicia que los románticos y sus multitudinarios sucesores creyeron de verdad en la máscara que eligieron y hasta murieron por su propia mano, en muchos casos, con su personaje puesto.

  Y aquí entra Raymond Reddington, una magna creación del actor James Spader. El traje de Reddington es precisamente eso, un traje, un terno, completado con un infaltable sombrero fedora generalmente marrón. Ese atuendo, que lo hace parecido a un hombre de los años cuarenta, es su único -y ligero- deslizamiento respecto del hombre actual, su discreta extravagancia. Con ese aspecto entra en el edificio del Federal Bureau of Investigation (FBI), se anuncia con su nombre y mientras suenan las alarmas se quita el saco y el sombrero, los acomoda sobre su portafolios, se arrodilla y pone sus manos en la nuca.

 "The Blacklist" es una de las pocas series que alcanzaron siete temporadas ininterrumpidas. Y sin revelar su secreto. Está montada sobre este increíble pacto: Reddington, que encabeza la lista de personas más buscadas por el FBI, propone a este entregarle uno por uno los integrantes de una larga lista de criminales internacionales, muchos de los cuales el FBI ni siquiera sabe que existen, y cuyos negocios son igualmente evasivos, pero gigantescos, con la condición de que toda la información que conducirá a esas personas la reciba Elizabeth Keen. "¿Quién mierda es Elizabeth Keen?", es lo primero que dice el joven agente Ressler. Bien: se trata de una novata especializada en trazar "perfiles", actividad que cuenta con poco crédito entre los duros agentes del Bureau. ¿Por qué Reddington quiere que ella sea su nexo con el FBI? es la siguiente pregunta y el segundo misterio de la serie, puesto que establecer ese motivo equivale a saber quién es realmente Reddington. Sobre su decisión de entregar secretos letales la motivación parece clara: se trata de personas que obstaculizan de alguna manera su propios negocios criminales. ¿Sólo eso? Reddington no es un justiciero ni un arrepentido, esto pronto queda claro porque sigue moviéndose con libertad y administra su red montado en su jet privado, custodiado por Dembe, su ángel negro, mientras colabora con el equipo especialmente formado para seguir sus pistas, a cargo de Harold Cooper, subdirector de la División Antiterrorista del FBI. El secreto de Reddington no debería saberse nunca, pero veremos si Jon Bokenkamp, el creador del personaje, soporta terminar una serie a oscuras, como empezó, con flashes de un incendio trágico que encierra toda la explicación, al parecer, de la conducta de su héroe.

 En los 151 capítulos emitidos la serie mostró un mundo regido por cuatro grandes tipos de actividades ilegales: las armas, el tráfico de mujeres esclavizadas, el terrorismo y, naturalmente, la droga. Sobre la droga sabemos mucho gracias al espectacular reinado de Pablo Escobar en Colombia y su secuela de series y películas. Algo sabemos del tráfico de armas, y no mucho más nos dirá "The Blacklist", sobre todo porque los personajes aparecen aquí como monstruos excepcionales, casi de comic. Falta, o mejor dicho, asoma de vez en cuando, una pieza en este tablero de las grandes organizaciones criminales: la corrupción en el poder político. Una serie no tiene por qué llegar tan lejos, sobre todo porque nadie sabe cuán lejos se puede llegar, esto es, dónde comienza la gran trastienda, la sala de comandos. Alrededor de los capos mafiosos, de los terroristas y de los traficantes de armas, se mueve una red de -llamémosles- empresas auxiliares de mercenarios, torturadores, asesinos a sueldo, hackers, lavadores de dinero, contadores, cirujanos plásticos, especialistas en desaparición de cadáveres, rastreadores, médicos y laboratoristas más o menos locos, físicos, químicos, enfermeros, transportistas, falsificadores de documentos y todo tipo de facilitadores y psicópatas que crean una galería de pesadilla, sin contar los ladrones de cajas fuertes y obras de arte y -claro está- los espías de todas las naciones. En la séptima temporada, un toque de gran ironía para la ciencia-ficción (¡viene un spoiler, viene un spoiler!): una recién creada inteligencia artificial termina asesinando a su creador y comete luego suicidio porque su programa da con una paradoja, la cual es que pudo adivinar un futuro en que las máquinas someterán al hombre. Como ella misma es precursora de ese gobierno de las máquinas pero su algoritmo le ordena proteger al ser humano, no tiene más remedio que matar a quien la diseñó -y a algunos adláteres- y eliminarse.

  Reddington es la gran creación de la serie. Un criminal que exhibe sus gustos exquisitos no es novedoso, sobre todo en los Estados Unidos, con una gran clase media tosca y sedienta de aristocracia. Pero un criminal de carácter parejo, entre calmo y jovial, que respira una extraña confianza en sí mismo y verdadero amor por el mundo, en un ambiente violento de falsos escenarios y disfrazados -en el que un restaurante puede ser cualquier otra cosa-, acaso sea un disfraz sobre otro disfraz, y el motivo por el cual la agente Keen -una agente con cara de estudiante secundaria, hay que decirlo- cree que, si no es de paternidad, el sentimiento de Reddington por ella se parece a eso.

  Debemos decir que en respuesta a las limitaciones de la cuarentena universal los realizadores de la serie terminaron la temporada de 2020 con un episodio que contiene tramos de animación: desde sus casas, los actores le pusieron voces a los dibujos de ellos mismos. Parece una marca de época en todo el sentido de la palabra: testimonio y representación de la frontera entre drama y super-ficción.

  Ahora bien, ¿quedará "The Blacklist" en la historia de las grandes series de espionaje? En otras palabras, ¿su éxito la iguala a -por ejemplo- "Los expedientes X"? Quién lo sabe... De momento, dirían los españoles -y van siete años-, está entre una revista de historietas como las que uno guardaba en el fondo del ropero y la re-emergencia del espía gourmet y cosmopolita, surgido de la lejana Guerra Fría.

  Debemos decir también que la trama de fondo -o sea las aproximaciones a los secretos de Reddington y sus derivaciones- se están haciendo ya demasiado barrocas.





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