viernes, 16 de julio de 2021

"Sakho & Mangane": Todos los caminos conducen al Más Allá


Puede que algunos argentinos de más de sesenta años recuerden que los aviones que iban desde Buenos Aires a París hacían escala en Dakar porque la autonomía de vuelo de aquellos aparatos no alcanzaba para llegar a Francia. Nadie caminaba por Dakar durante esas escalas. A veces, unos empleados de limpieza negros como la noche lo despertaban a uno para pedirle que levantara el brazo y les dejara vaciar el cenicero empotrado en el apoyabrazo. Se fumaba en los aviones.

 Dakar sonaba a misterio, y también era el nombre de un luchador de catch de la troupe de "Titanes en el ring", que contaba con nuestra simpatía (el único que conscientemente no contaba con contar con nuestra simpatía era el simpático villano Martín Karadagián, el jefe de todos y dueño del cinturón de oro: sí, amigos, "Titanes en el ring" fue una de nuestras primeras y reales ideas de cosmopolitismo, su galería de luchadores abarcaba tanto países reales como países de sueño, etnias, dioses, demonios y superhéroes). Nadie nos podía anticipar que sesenta años más tarde una serie de televisión nos mostraría Dakar a plena luz del día, desde la altura y en muchos de sus rincones y playas, como una gran ciudad de un millón de habitantes. Capital de Senegal, país independiente desde 1960, Dakar está en la península de Cabo Verde, desde donde partieron centenares de naves siniestras llevando esclavos a las colonias de América. En Dakar, como en el resto del país, prevalece la religión musulmana en su variante sufí, y desde 1960 Senegal no ha tenido un solo golpe de Estado y la convivencia religiosa es ejemplar, descontando que todos conservan algo del animismo originario de las veinte etnias que lo pueblan. Tiene, más o menos como la Argentina, cuatro de cada diez habitantes viviendo bajo la línea de pobreza.

  "Sakho & Mangane" (2019), el policial estrenado por Netflix y producido en Senegal con apoyo de Canal+ de Francia, destella con su luz propia en el concierto de series con parejas de detectives. En estas parejas siempre hay algo desparejo, y por lo general los dos detectives trabajan juntos a disgusto. "Sakho & Mangane" no es la excepción. El comandante Sakho es estricto y el detective Mangane es lo contrario, pero al mayor extremo: no solo anda en tratos espurios con el hampa y respeta poco el manual de procedimientos, sino que en cualquier circunstancia se da a saltar, gesticular y comportarse como un chico demasiado travieso. Hasta aquí, y salvo esas características ingobernables de Mangane, todo dentro del género policial convencional. El forense Toubab, que bebe continuamente de un menjunje inidentificado y habita una morgue adornada con luces de colores -vive allí- aporta la cuota de cinismo corrosivo propiamente blanco. Ahora bien, el escenario, la cultura y unos hilos sobrenaturales que van emergiendo de a poco establecen una diferencia respecto de la gran tradición del policial occidental. 

  Hacia la mitad de esta temporada se sabe ya que la cuestión de fondo no es de este mundo. Y no por eso deja de tener carácter policial. La idiosincrasia del lugar está más en qué se investiga que en cómo se lo hace, así como las ropas de los detectives y la mata de pelo amarillo de Mangane son de occidente, mientras sus cuerpos, gestos y vida psicológica -por no decir espiritual- son africanos. Por fin vemos Dakar. No es lo que temíamos, o tal vez sí, pero otro de los méritos de la serie es su muy buena fotografía que crea un ambiente urbano mitad cosmopolita ("globalizado") y mitad salvaje, al estilo de aquello que la vieja civilización burguesa llamaba "salvaje", en todos sus sentidos.



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