miércoles, 7 de julio de 2021

"Troya, la caída de una ciudad": Ver para creer

 


Sigue en Netflix "Troya, la caída de una ciudad", de 2018. Si uno no la ve, no puede creerlo. La BBC puso mucho cuidado en la corrección política y en lavar culpas del imperio inglés, incluso en insinuar, si lo hubo, el motivo histórico de la guerra de Troya, pero no se sale impune de entrar y saquear un mito. Y la serie paga. Por un lado, están los abusos casi grotescos, como decidir que Zeus era, o es, negro. Incluso que Aquiles y Patroclo lo fueron (aunque David Gyal lo hace totalmente convincente). En Inglaterra se discutió bastante el asunto y el pensamiento políticamente correcto -fuerte, ay, hasta en el ex imperio victoriano- acudió a especialistas de fuste que arguyeron que en los improbables tiempos de Troya habitaban la península balcánica algunos inmigrantes africanos a quienes se llamaba genéricamente "etíopes". El problema se agrava entonces. Porque si existieron en Grecia y Turquía emigrantes etíopes, estos no figuran en la Ilíada. La omisión no habrá sido involuntaria o racista, seguramente. ¿No bastaba con que los aqueos fueran meridionales, una raza tampoco muy apreciada en los países centrales de Europa? Dicho lo cual aparece más o menos claro que los guionistas se basaron tanto en el mito -compilado por Homero o quienes quiera se hayan llamado así- cuanto en un relato histórico del que no hay propiamente datos. En otras palabras, llenaron huecos históricos con el mito y oscuridades mitológicas con vagos datos históricos. Y para redondear el raro cóctel, le agregaron lo que quisieron.

Si existió Troya, su guerra debió parecerse mucho a la que narró Homero. Sólo que aquí la adornamos con pensamiento postmoderno y ponemos negros donde el mito no los pone y la historia apenas lo autoriza. Y ya que estamos, mantenemos los posibles motivos históricos de la guerra -el dominio sobre el estrecho de los Dardanelos- pero no permitimos que tomen forma en los personajes ni en el desarrollo de la trama. Esta sigue siendo leída con la maldición del romanticismo encima: Paris-Helena en el papel de amantes trágicos. Los aqueos -todos habían pretendido a Helena-, amantes despechados. Podrá haber alguna duda sobre la conducta de Elena, que la haga aparecer a veces como una espía, pero sólo será la casualidad: siempre actúa por el bien de todos. Cierto es que un estilo de la época de las femmes fatales se dibuja cuando ella, rozando el bíceps de Aquiles, lo llama "my warrior", pero eso no es intencional, es un resabio de la vieja cultura fílmica. Finalmente, será obligada a presenciar el homicidio de su amante, y ambos gritarán que valió la pena vivirlo (esto, sin menoscabo de la ruina que causaron, dicho sea de paso). 

La política se menciona varias veces. Curioso es que no juegue ningún papel efectivo en la trama. La aplastante lectura romántica es preferible para el pensamiento correcto: Paris es así un hombre libre, rebelde, desconfiado de las ceremonias y los besamanos políticos; ella, un alma inclusiva que reparte su trigo entre los pobres durante los apremios del sitio de Troya. Después, Afrodita se parece mucho a la Venus de Botticelli, Hera es una matrona celosa, Atenea una resentida. Y así.

Un detalle: Eneas, el fugitivo de Troya, también es negro. Y si seguimos la genealogía de la Eneida, muchos europeos y descendientes de europeos lo son, puesto que Eneas fundó Roma, según Virgilio.


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