jueves, 24 de septiembre de 2020

"Las crónicas de Frankenstein" o el monstruo de la nueva sociedad


"Las crónicas de Frankenstein" reúne, en el mejor estilo romántico, sordidez, tortura moral y belleza, pero hasta un límite apenas soportable. Sin que uno se lo pueda explicar, una belleza espantosa brota de un Londres barroso, sucio, de interiores descascarados, sótanos, túneles, mercados, muelles, hornos de ladrillos donde la gente que los habita y recorre es más inconcebible que la peor fantasía "postapocalíptica" de las nombradas tan a menudo por los tituleros de Netflix. Gente con andrajos pegados a la piel, pobres de toda pobreza, asesinos y ladrones de mente insondable, si tienen alguna. Todo organizado en torno al Salmo 102: 

  Porque mis días se han consumido como humo, y mis huesos están quemados como tizones, mi corazón está herido y seco como la hierba, me olvido de comer mi pan, mis huesos se han pegado a mi carne, soy como el pelícano del desierto; soy como el búho de las soledades; como el pájaro solitario sobre el tejado estoy en vela.  

  Mas tú, Jehová, permanecerás para siempre, y tu memoria de generación en generación. Te levantarás y tendrás misericordia de Sion, porque es tiempo de tener misericordia de ella, porque el plazo ha llegado.

  La cita de este terrible salmo a lo largo de la primera temporada no es gratuita. Se espera que haya siempre un malo lúcido en una serie. Pues en esta no lo hay. Los malos actúan pragmáticamente, casi desbocadamente, no dicen palabras que expliquen o engrandezcan sus designios siniestros. Apenas en dos o tres pasajes dicen algo lúcido los buenos: Mary Shelley, la autora de la mítica criatura de "Frankenstein o el moderno Prometeo" o William Blake, el extraño místico del romanticismo inglés, pronuncian algunos términos proféticos. Toda la lucidez -religiosa, en este caso- y el dolor están concentrados en un personaje: el protagonista, el inspector John Marlott, el único que dialoga con Dios, el que vela como el pájaro sobre el tejado, el pelícano del desierto, el héroe romántico por excelencia. 

  Digamos, antes de seguir, que en efecto estas crónicas son una secuela imaginaria de la publicación del libro de Mary Shelley en 1818. La acción se sitúa nueve años más tarde, el libro es más o menos popular en la ciudad, Mary Shelley concurre a reuniones en casa de William Blake y en el río aparece un cadáver espantosamente suturado... como si estuviera hecho de diversas partes de cuerpos humanos. Pero son en todo caso cuerpos de niños. Para John Marlott, agente de la Policía Fluvial, el niño se convierte en un designio. Hurgará en los sitios más espantosos para encontrar al autor de la abominación que el río envolvió en su barro repulsivo. Pesa sobre Marlott la culpa por la muerte de su mujer, que también pereció ahogada, y por su bebé. A ambos cree víctimas de su desidia, de su falta de cuidado. Marlott es religioso y sin embargo se ve envuelto en una investigación que puede servir a los designios del gobierno laico, el cual intenta que sea aprobada una "Ley de Anatomía" que impida el ejercicio de la medicina no oficial y autorice la compra de cadáveres no reclamados, por parte de los médicos y los hospitales. Se oponen a la ley los lores. Especialmente uno. Y lo hacen por motivos teológicos: si se acepta que los cuerpos de los muertos sean despedazados, ¿cómo concurrirán con ellos al Juicio Final, en el que los finados -lo dice San Juan- deberán asistir de cuerpo y alma? El argumento de la parte oficial es similar al que hoy pondrían en juego los partidarios de la legalización de las drogas: si se legalizan, se evita el tráfico clandestino y su estela de asesinatos. Para Marlott se trata solo de llegar a quien seccionó y unió partes de chicos muertos para armar ese horror que encontró en el río.

  ¿Hubo en Londres un tráfico tal de cadáveres, de modo que una ley de anatomía provocara un debate nacional? El antiguo hospital de San Bartolomé era un centro médico importante desde siglos anteriores y sin dudas consumía cuerpos muertos para prácticas hospitalarias e investigación. ¿Pero cuántos cuerpos? ¿Tantos como para que varios se hicieran ricos traficando muertos? Esto es así en la serie, y debemos darlo por cierto.

   Ahora bien: detrás de todo está la sombra de la "criatura" que Mary Shelley concibió o, mejor dicho, vio en una pesadilla. Es un hecho que ella y su marido, el romántico Percy B. Shelley, estaban muy atraídos por las experiencias de Luigi Galvani, quien había logrado mover las patas de una rana muerta con corriente eléctrica en el siglo anterior. Estas cuestiones que entonces eran ciencia de punta, provocaban atención en los románticos, en cuyas cabezas la ciencia no era menos oscura que la magia, y su única diferencia consistía en la racionalidad de la primera. Razón e irracionalidad contribuyeron al parto del romanticismo en Europa. Esa dualidad es perceptible en el libro famoso de Mary Shelley. ¿Su "Frankenstein" es una apología o una terrorífica advertencia? ¿El doctor Víctor Frankenstein era para ella un héroe, "el moderno Prometeo", gemelo de aquel que repartió el fuego de los dioses, o un demente? Sus dudas están en el libro: son el libro. Aquí, la Mary Shelley concebida por el guionista y director Benjamin Ross sugerirá que su historia era un recreación dramática del mito. Tal recreación supone, para ella, incluso la parodia y la monstruosidad. El "moderno" Prometeo no llegó al mundo para iluminarlo, como el griego, sino lo contrario. A aquel lo castigaron los dioses, a este lo castiga su propia criatura, que sin embargo lo ama. Toda la nueva sociedad encarnaba en ese monstruo.

  Bueno, pero supongamos que Mary Shelley no fue acosada en sus pesadillas por imágenes inspiradas en las vagas noticias sobre el galvanismo, sino por hechos más concretos, y tendremos abierto el camino hacia el objetivo de Marlott y sus hallazgos en los repugnantes suburbios de Londres, en los que despuntaba la era científica de la revolución industrial, con barro, sangre y sífilis. En ese universo, personajes como Flora, el agente Nightingale o el pequeño Joey, a quien Charles Dickens hubiese adoptado de buen grado para su "Oliverio Twist", son figuras conmovedoras. 

   Al final de la primera temporada Marlott encuentra lo que nunca debió querer encontrar.

  La segunda parte de la serie es mayormente un relato de fantasmas. Una nueva sucesión de crímenes con el mismo origen tiene sin embargo un beneficiario segundo: la iglesia anglicana, en cuyos alrededores en Westminster se instalan el asesinato y la enfermedad. De este modo, el nuevo Prometeo deviene un delincuente político cuyos fines trascendentes cree que lo justifican. Los fantasmas de decenas de muertos pedirán justicia a un Marlott que en todo sentido les pertenece, en tanto otro personaje y otra historia, la de la persecución de la vida eterna, se alía a la primera, de un modo -hay que decirlo- un tanto caprichoso. El clima macabro se acentúa.

  Pero el aspecto más político de las crónicas de Frankenstein no será publicado. El que podría contarlo -un periodista, precisamente- choca ya, en el primer tercio del siglo XIX, con un editor de los que prefieren callar algunas cosas.





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