viernes, 19 de febrero de 2021

"The Third Day" (El tercer día): Tras las huellas de Gulliver


 
Hay que decir para empezar que "The Third Day" (2020) no es una serie de acción ni es policial, aunque un hecho policial es el que pone en movimiento la trama. Pues bien, ¿qué harán los amigos calificadores del streaming? Fácil: pueden ponerla en el género "drama". Pero así no se insinuará su atracción sombría y casi fantástica, que por momentos evoca los viajes de Gulliver. También perdería la repulsión más bien orgánica que suscitan el paisaje y la luz, igualmente descompuestos, los cuales van formando alrededor del espectador una especie de baba adictiva. ¿Qué hacer, qué hacer? Pues nada, hombre, que la ponemos en dos géneros al mismo tiempo, como "drama, suspenso" o bien "drama, terror". Incluso en uno nuevo que se inventó recientemente: horror folk. ¿Qué la parece, Bonturo? Concisos epigramas, si se tiene en cuenta que Netflix inventa géneros de hasta seis o siete palabras, del tipo "ambientadas en otras épocas basadas en libros" -ya se sabe que las épocas suelen basarse en libros-, o "tragicomedias de TV ingeniosas", e incursiona en el blend genérico con innovaciones como "siniestras de suspenso". Flow también innova, con "comedias de parejas" o "mundos apocalípticos". 

 El personaje central de la primera parte de "The Third Day", Sam, es interpretado por Jude Law, y Sam, en busca del asesino de su hijo, impide el suicidio de una adolescente y la acompaña sobre un delgado puente o parapeto, construido por los romanos, que une la isla de Osea, frente al condado de Essex, con la orilla. El camino desaparece cuando sube la marea, de modo que la comunicación por tierra solo es posible en determinados horarios. De entrada Sam verá que los vecinos de la isla son fieles a sus tradiciones, que incluyen una especie de saturnal con máscaras y muñecos gigantescos, de tinte, hay que decirlo, ya un poco siniestro. Esto en cuanto a los primeros tres episodios de un total de seis -que autorizan a incluir a esta serie también en el subgénero miniserie-. En la segunda parte la protagonista es Helen, la esposa de Sam, interpretada por Naomie Harris. Helen va a Osea a festejar el cumpleaños de una de sus dos hijas, y no en busca de Sam ni del asesino de su hijo. Pero su intención no es tan inocente, aparte de que el enfermizo paisaje de la isla no parece el mejor para celebrar el cumpleaños de nadie. ¿Dónde se metió Sam, mientras tanto? Ya verán. 

  HBO, Plan B, Punchdrunk y SKY produjeron el programa, sobre guión de Dennis Kelly y Felix Barrett. La lista de productores ejecutivos la encabeza Brad Pitt, lo que autorizó a algunos medios a hablar de "la serie de Brad Pitt". En fin, que es buena, no solo por el cartel. Y destinada a otro tipo de entretenimiento, que no el que surten las series policiales o de acción estándar. Lento, por así decirlo, o penetrante, es el malestar estético que ocasionan el ambiente enrarecido y esa civilización degenerada que ofende la áspera naturaleza del lugar.

  Por razones que acaso pueda explicar la psicología, las islas atraen fantásticamente, ya sea que se hayan enterrado en ellas tesoros piratas o alberguen el laboratorio de un doctor Moreau, o el mundo virtual giratorio de Morel. En cualquier caso, empezando por los esqueletos del capitán Flint, emplazados como señales camineras macabras en "La Isla del Tesoro", siempre habrá un llamado al espanto o la inquietud. "The Third Day" va en ese rumbo, con esta isla que se une con nuestro mundo en las horas de baja marea. Como si se ofreciese de espejo siniestro -y grotesco- de una humanidad degradada. Como dicen los megalómanos habitantes de este paraje, Osea es "el alma del mundo". Si enferma, el mundo comienza a pudrirse.

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Disponible en Flow


lunes, 15 de febrero de 2021

"New Blood": Los grandes crímenes del dinero, o mejor reír que llorar


 "New Blood" (2016), imaginada por el novelista y guionista Anthony Horowitz para la BBC, enfrenta los peores enemigos con podría toparse hoy un investigador. Este es su principal mérito. Las series sobre detectives modernas no dejan de presentar asesinatos antiguos: crímenes de pasión o de ambición, o vinculados con el tráfico local de drogas o con la esclavitud sexual (o ambas cosas). "New Blood" plantea en siete episodios tres investigaciones contra algunos de los dueños del mundo más poderosos: los laboratorios medicinales, las constructoras de mega edificios y la mafia de las mafias: los grandes representantes de inversores, que mueven capitales tanto hacia -precisamente- la inversión inmobiliaria y el lavado de dinero cuanto la compra y venta de armas. De paso, falsas organizaciones humanitarias que encubren y financian a criminales políticos. Y, claro, políticos corruptos. Demasiado. Contra enemigos así solo peleaba Tom Cruise en la recordada serie de películas "Misión: Imposible".

  ¿Qué hace entonces Horowitz? Le baja un cambio a la gravedad del asunto y pone la trama y los caracteres a un paso de la comedia. La nueva sangre del título es la de dos aficionados: un policía que se estrena como detective y suele apartase temerariamente de su pareja, un investigador veterano -y, hay que decirlo, un poco achanchado-, y un empleado de una oficina estatal que investiga fraudes y estafas en gran escala. Los dos están ansiosos de hacer méritos, compiten entre sí y terminan aliados, pero ponen en riesgo sus carreras, además de sus vidas. Son, ambos, descendientes de inmigrantes: Arrash Sayyad, el policía, de iraníes; Stefan Kowolski, el empleado estatal, de polacos. Acorde con los crímenes que investigan, se mueven más en los nuevos edificios vidriados de Londres que en los barrios, tugurios y galpones, y con esto queda atrás una tradición de las mejores series policiales inglesas de este siglo. Dorian Lough, como jefe del bisoño detective Sayyad, representa -en actuación meritoria- el viejo estilo inglés, reseco y envarado hasta el rictus, pero en el fondo honorable.

  Seguramente Horowitz, escritor de libros para adultos y preadolescentes, enfrentó un dilema: para arriesgarse tanto, los investigadores debían ser oficiales muy entrenados, con suficiente aval oficial, o aprendices muy inconscientes. Eligió esto último, con lo cual hizo una serie increíble. En su favor podrá decirse que no menos increíbles son las series de grandes luchadores contra las mafias y agentes secretos letales. Como sea, el gran negocio del crimen en la sociedad actual queda expuesto, aunque esto seguramente no le hará ningún daño. A esta altura todo el mundo sabe quiénes son los grandes malos. Lo que no se sabe es cómo pararlos. 

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Disponible en Flow



jueves, 11 de febrero de 2021

"Cóndor": La gran manipulación

 


"Cóndor" (2018-2020) es una de las pocas series que actualmente conservan el clima delirante y oscuro del género de espionaje de los setenta. Fueron, aquellos, años de una gigantesca reacción ante el "peligro comunista", que desde los sesenta se extendía -a juicio de los servicios de información del mundo- como una mancha de aceite por América latina. Todo plan por detenerlo era tan criminal y excesivo como la dimensión diabólica y definitiva que el gobierno de los Estados Unidos daba al "peligro". No era un hecho paranoico nuevo: el macartismo había sido causa y efecto de odio y, al mismo tiempo, de un miedo cerval a Rusia, solo que esta vez la amenaza rusa estaba en el "patio trasero", terminología usual de la politología yanqui de por entonces. No era esa una expresión peyorativa, como interpretó la izquierda, sino del mencionado temor y de la posesión geopolítica de la que se hacía cargo Washington. Decir "patio trasero" equivalía a decir "las propias espaldas". 

  En aquellos años, precisamente en 1975, en el Cono Sur, y a instancias de Chile, se creaba un sistema de "cooperación" entre los servicios secretos, auspiciado, claro, por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos. Se dio en llamar "plan Cóndor", y fue en realidad una organización interamericana de terrorismo para-estatal. Un año antes, en 1974, se publicó la novela "Seis días del Cóndor", de James Grady, que trata de una conspiración en el seno de la máxima organización conspirativa. El segundo mojón de  lo que sería una larga cadena de películas y series sobre conspiraciones internas de la CIA fue tal vez la secuela cinematográfica de "Seis días del Cóndor". Sydney Pollack dirigió esa versión precisamente en 1975. La protagonizó Robert Redford. En el título, los días de Cóndor se redujeron de seis a tres. No sabemos si fue casual que Grady eligiera para el protagonista de su relato el nombre en clave de Cóndor, pero se puede considerar su novela como el prototipo de innumerables productos de la industria cultural sobre ese tipo de conspiraciones, que hicieron honor a la extendida creencia de que habría huellas ominosas e indetectables de la agencia en casi cualquier suceso internacional, e incluso nacional, que implicara asesinatos y manipulación de datos. Quizá la cumbre de ese verdadero sub-género -que Netflix, tan creativo en inventar categorías, no bautizó aún- hayan sido las primeras tres películas sobre el agente Jason Bourne que interpretó Matt Damon: "La identidad de Bourne" (2002), "La supremacía de Bourne" (2004) y "El ultimátum de Bourne" (2007), basadas en tres novelas de Robert Ludlum publicadas en los ochenta. En ellas los planes delirantes alcanzaron su máxima expresión con la  aparición de un asesino convertido en una máquina de matar sin culpa, cuya memoria ha sido borrada. Y así llegamos a este nuevo "Cóndor", creado por Todd Katzberg y Jason Smilovic, cuyo esquema argumental es el mismo de la novela y de la película: un analista que rastrea datos en una empresa-fachada de la CIA, pero no participa en trabajos de campo -un intelectual, digamos, al igual que sus compañeros-, se salva de una masacre de todo el personal de su oficina y comienza a ser perseguido por asesinos de la propia CIA.

  A diferencia de sus antecesoras, la serie "Cóndor" coloca una conspiración política internacional -orientada contra un enemigo mortal omnipresente- en el lugar de origen de la masacre de los analistas. Este cóndor es un recopilador de datos mediante un software de su invención, que sin aviso fue utilizado para descubrir y asesinar a un terrorista saudí en territorio de los Estados Unidos (sabemos que la CIA no puede actuar fronteras adentro, pero, en fin, tampoco debería asesinar). Joe Turner tiene cuestionamientos de conciencia que no logra resolver porque repentinamente se convierte de fisgón en perseguido. Su lucha por sobrevivir y llegar a la verdad conformará la trama vibrante -al viejo estilo- de la primera de las dos temporadas de la serie. La segunda es más o menos enredada también, pero el tema es otro.

   Desde que los servicios secretos mundiales comenzaron a provocar hechos para atribuirlos al enemigo, esa técnica perversa del espionaje se ha perfeccionado, y quizá podría llegar a la monstruosidad que la trama devela. Uno de los cuyos méritos será registrar también que las conspiraciones dentro de la conspiración no son productos solo de ambiciones, corrupción o locura, sino de una estructurada ideología que modifica la apariencia de la realidad conscientemente y con el fin de lograr efectos en un terreno muy abonado -hay que decirlo- por la teoría de la pos-verdad.

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Fox/Flow



lunes, 8 de febrero de 2021

"Jordscott", segunda temporada: Con una vuelta de tuerca bastaba


Por una razón que aún no atino a explicarme, el sueño me invadía cada vez que comenzaba a ver la segunda temporada de la serie sueca Jordscott (2015-2017). Me costó pasar del primer episodio. Luego de sucesivos adormecimientos y cachetazos, logré ver toda la temporada. El sueño, quizá -no estoy seguro- devenía de aquel malestar pequeño de la primera temporada, esa dudosa mezcla de "géneros". Me dije: si antes funcionó con ciertos crujidos, ahora no funciona. ¿Por qué? La razón más evidente es que los géneros están mal pegados, o las proporciones no son las adecuadas. Los personajes, que antes parecían encarnaciones cotidianas de seres mitológicos, ahora son seres mitológicos. Ese es solo uno de los problemas, muy difícil de llevar en sí mismo.

Pensé en que una cosa es una mezcla, otra un blend y otra una mescolanza. Pero, incrédulo, suspicaz, aterrado, en fin, leía críticas de la prensa española que elevan esta serie al sitial de "Twin Peaks" (1990/1991-2017), la famosa obra de Mark Frost y David Lynch en que lo sobrenatural hace vibrar lo "natural", y "Los expedientes X" (1993-2002), modelo de serie en la que ciencia-ficción y espionaje encuentran su punto exacto de fusión. Recordé la errática pero entretenida primera tanda de temporadas de "Los expedientes...", y la ajustada narración de la segunda tanda, donde ya se investiga la enorme conspiración del poder terrenal con visitantes extraterrestres, sin pisar nunca el exceso que lleva de cabeza al ridículo. Maravilloso el clima de libros de espionaje de los sesenta para un relato fantástico. Me dije: como lo fantástico es lo sin reglas -ni siquiera propias-, por definición, fue magníficamente moderado en "Los expedientes..." por el relato minucioso del policial, específicamente el policial de espionaje, que casi casi es ya un género en sí mismo. Eso es un blend. 

  Recordé un policial del novelista polaco Stanilaw Lem, un maestro de la ciencia-ficción y del relato imaginativo, que montaba generalmente sobre una teoría científica o filosófica. En "La investigación" (1959), una novelita sobre desaparición de cadáveres de las morgues de unos pueblos de Inglaterra, Lem pone en juego el relato de detectives, y también la ciencia de la estadística -como volvería a hacerlo en "La fiebre del heno" (1975)-, con un toque sobrenatural. Mejor que eso: una insinuación, una inminencia.

  En "La investigación", un gato blanco aparece cerca de los cementerios en más de la mitad de los casos de cadáveres desaparecidos, lo cual -para el estadístico- deja de ser casualidad -más de la mitad no es casualidad, dicta la ciencia estadística-. Sin embargo, no logra probarse que los gatos blancos tengan nada que ver con la desaparición de cadáveres. Esto es una burla sutil de Lem a la estadística, pero es también un modo eficaz de introducir lo sobrenatural en el relato. Otro dato: la niebla asociada a ominosas visiones y al delirio. Otro más: una casa semivacía en la que se aloja uno de los protagonistas, con raros propietarios y extraños ruidos nocturnos. No contaré el final, pero baste decir que la investigación metódica logra develar solo una parte del misterio. 

 Henrik Björn, el creador de "Jordscott", no procede como Lem. Lo fantástico es introducido de a torrentes, es barroco, y es finalmente poco convincente.

  En esta segunda temporada la inspectora Eva Thörnblad ha vuelto a la ciudad, luego de investigar los extraños sucesos de la localidad de Silverhöjd, pero los sucesos la persiguen, se propagan, dan a entender una trama secreta. No decepcionaré contando el final. Sólo anoto que la develación de la parte conspirativa de esta serie -que incluye también brujería, magia negra y blanca, animismo y otras paranormalidades en torno a una investigación policial- deja gusto a nada. Un fanatismo que no tiene excusa la motiva.

   Si le gusta atosigarse de elementos sobrenaturales, adelante. Tal vez nuestra incomprensión se basa en principios narrativos y estéticos de la época del jopo. Y tal vez rechazamos la concepción del arte de narrar que antes llamábamos posmoderna. Lo cual es ya antiguo.

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Film & Arts/Flow


sábado, 30 de enero de 2021

"Los bastardos de Pizzofalcone": La comisaría de los desahuciados

Pizzo significa punta y falcone, halcón, y el barrio de Pizzofalcone existe, está emplazado en la ladera del monte del mismo nombre, el cual es debido, de acuerdo con la tradición, a que en tiempos de Carlos de Anjou funcionaba allí una halconera. Tiempos de cetrería, que Pizzofalcone ha visto cambiar por otros, en que la palabra pizzo se utiliza también para denominar el chantaje, el pago por "protección" en una ciudad asolada en cierta medida -no totalmente ni mucho menos- por la camorra, que viene siendo, como todo el mundo sabe, la mafia de Nápoles.

Debido a que Maurizio De Giovanni, autor de la serie de novelas "Los bastardos de Pizzofalcone", quiso expresamente que el escenario de la vieja Nápoles estuviese muy presente y casi dominara en sus libros, y luego en la serie televisiva que él mismo escribió y estrenó en 2017, Pizzofalcone resultaba ideal, con sus increíbles vistas del golfo, sus palacios deteriorados por fuera pero señoriales o interminables por dentro, sus escaleras y rampas, sus terrazas y calles intrincadas, su convivencia entre lujo y sordidez.

Pizzofalcone tiene una comisaria a punto de fenecer. Varios de sus agentes fueron destituidos por aceptar sobornos -hablamos de la ficción- y son reemplazados por otros que en sus jurisdicciones tuvieron problemas y están con un pie adentro y otro afuera. Se unirán a los sobrevivientes de la purga, que esperan el inminente cierre de la comisaria y sus propias reasignaciones. Gracias a los despedidos, todos ellos heredan el mote de "bastardos". De Giovanni ha querido remarcar que este no es un nordic noir sino un policial italiano, citadino, y ubicado en el corazón de un paisaje urbano milenario, donde hay gente que es sentimental y expresiva, y otra que, con esas mismas características, no solo te mete la mano en el bolsillo sino que mata por negocios o por pasión.

El que pronto será líder del grupo y logrará sacar a la comisaría del marasmo con investigaciones exitosas será el inspector Giuseppe Loiacono, que verán escrito Lojacono porque para los italianos la jota es una í lunga, llamado el Chino. Aunque no se quiera evocar al padre del actor Alessandro Gassman que debe de estar cansado de que la recuerden de quién era el apellido, puede decirse que su comitiva parece al principio una Armada Brancaleone. Pero ciertamente de gente muchas veces impulsiva y otras veces violenta, y en varios casos farolera, puede sacarse un grupo eficiente y compacto. Loiacono lo hará, hablando poco y actuando rápido.

La primera temporada de "Los bastardos..." logró competir en todo terreno con la imbatible "Comisario Montalbano". En los números, atrajo la cuarta parte del público televisivo de Italia, con lo que se colocó a la altura de la serie inspirada en las novelas de Andrea Camilleri, según el sitio oficial del canal Europa Europa. Montalbano muestra un carácter menos contenido que Loiacono, pero los dos son sureños. Aunque habla con acento romano, Loiacono actuó en Sicilia, en Agrigento, hasta ser trasladado a Nápoles a causa de una denuncia no probada de connivencia con la mafia. En Nápoles, vive con una hija adolescente -un tic, ya, de los policiales de cualquier latitud- y comienza un nuevo y algo complicado amor con la fiscal Laura Piras, compitiendo, en este terreno, con el implacable fiscal de la anti-camorra, el mediático Buffardi.

El paisaje es el carácter, decíamos. Es mejor descubrirlo en los personajes de la comisaria -cada uno con su historia personal- que contarlo. Los policías napolitanos pueden ser sinuosos y con rincones oscuros, un poco venidos a más, pero en definitiva nobles como el mar, con la antigua y un tanto deteriorada nobleza de la ciudad que fue capital de un reino. Tendríamos aquí una moraleja general sobre esta historia. Los capítulos, de más de una hora y media cuentan, cada uno, un caso, y el desarrollo de amores y penurias del plantel. Varios de estos casos tienen también que ver con la tradición y el carácter de Nápoles.


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Trasmitida por Europa Europa, la serie está completa en la biblioteca de Flow.






domingo, 17 de enero de 2021

"C.B. Strike": He visto las mejores mentes


Los primeros siete episodios de "C.B. Strike" (2017-2018), basada en los libros de Robert Galbraith -quien no es otra que J.K. Rowling, la creadora de la serie de novelas de Harry Potter- están en la biblioteca de Flow y son una de las más atractivas series policiales que pueden verse hoy, ambientada en Londres y preferentemente en los sitios más populosos, desordenados y encantadores de la ciudad que fue capital de un imperio. Estos siete episodios narran tres casos resueltos por el personaje creado por Rowling y de hecho se emitieron originariamente en tres tandas, que en la Argentina se presentan como una.

 Strike es un detective privado, antigua profesión que ha tiempo no se veía en los policiales contemporáneos, y su oficina vieja y polvorienta responde al estilo de los duros norteamericanos. Está sobre un negocio de guitarras y baterías de Denmark Street, que hizo nido al rock británico, en la forma de negocios de instrumentos y oficinas de discográficas. El nombre de pila de Strike es Cormoran y se supone un juego verbal con el nombre de su tierra, Cornualles, la costa agreste en el extremo sur de Inglaterra. Es hijo de una estrella del rock (pero no se habla con su padre: piensa que él lo considera solo un orgasmo del pasado) y de una modelo asesinada. Tiene media pierna ortopédica, producto de haberse alistado en la Coldstream Guard, que participó de las guerras de Irak y Afganistán. Cormoran perdió la pierna pero no la vida, gracias a que en un gesto de misericordia o de crueldad (siempre se lo pregunta) un chico armado con una pistola le guiñó un ojo y se abstuvo de darle un tiro de gracia. Se jacta de comer sin engordar demasiado y de hecho se come lo que sus ocasionales acompañantes dejan en el plato, después de haber comido el suyo. Un trastorno de ansiedad, seguramente.

  ¿Qué hacen los detectives privados en general? Su rutina son los seguimientos, ya sea de maridos infieles, de ejecutivos prostibularios o de políticos metidos en negocios oscuros -o en infidelidades o en prostíbulos-, pero a Cormoran se le presentan casos raros: el primero de ellos se lo plantea un hombre con aspecto de tinterillo, hijo de una familia poderosa, quien quiere probar que su hermana adoptiva, una modelo muy cotizada, no se suicidó sino que fue asesinada; el segundo lo provee una esposa que busca a su esposo, un escritor truculento y vengativo. Y así de seguido. De manera que con su estilo algo anticuado de sobretodo, saco y camisa -una camisa cuyo relevo suele demorarse, hay que decirlo-, Strike frecuenta restaurantes, oficinas y casas de la nueva nobleza: la aristocracia bastarda de los negocios y el espectáculo.

  Solicita una secretaria temporaria a una agencia y ella llega justo en el momento en que la flamante ex esposa de Cormoran abandona el despacho del detective, después de arrojarle un cenicero. Él sale tras ella y empuja sin querer a la futura secretaria y casi la tira escaleras abajo. La secretaria se convertirá en su colaboradora -luego en socia- y mostrará una pasión, un método y una inteligencia excepcionales, aplicados a un oficio decadente y turbio, que entra por la ventana en mundos de ambición, brillos y traiciones.

  Estos siete episodios presentan tres casos. La ambigüedad de los personajes emula a la de sus pares de las novelas policiales clásicas, en especial las de Agatha Christie, de forma que todos son sospechosos hasta el final y de hecho el asesino real podría haber sido cualquiera. Tal la índole de las ciudades modernas. Y es un desgaste atroz el que sufre el oficio ante tantas variables: resolver un crimen es cada vez menos desentrañar una moral individual o motivaciones psicológicas -porque casi todos las tienen- que averiguar quién se levantó esa mañana con el pie izquierdo.



domingo, 3 de enero de 2021

"Comisario Montalbano": "Hanno ammazzato uno"


Quien toca este libro toca a un hombre, dijo el poeta León Felipe, en traducción personal de Walt Whitman. El que vea "Comisario Montalbano" descubrirá cómo se puede construir un nuevo detective, en una plaza que cuenta con los monumentos de Sherlock Holmes, el que tenía casos "para tres pipas" y se adormecía con morfina cuando estaba aburrido; Hércules Poirot, que dormía con bigotera y ponía mucho cuidado en elegir sus gemelos; Jules Maigret, que fumaba su pipa por la calle, mientras caminaba rumbo a su sobria casa en el Boulevard Lenoir para beber su calvados después de cenar con su mujer; y aun de Auguste Dupin, quien apagaba las luces para deducir un caso sin salir de su biblioteca; por no hablar de los duros de la costa Oeste de los Estados Unidos, especialmente el melancólico bebedor de gin-tonics Philip Marlowe, o el diablo de cejas en ángulo agudo Sam Spade, poseedor de tanta inteligencia como falta de escrúpulos. Henning Mankell había creado -desafiando la tradición europea- al inspector Kurt Wallander, melancólico aficionado a la ópera, un extraño en un pueblo cercano a Malmö, en Suecia, cuando el siciliano Andrea Camilleri, dos décadas mayor, se atrevió a imaginar el detective que faltaba en la televisión, aunque no en la novelística, donde Carlo Gadda había instalado a su comisario filósofo Francesco Ingravallo, especialista en la teoría del caos, y el  también siciliano Leonardo Sciascia había creado los suyos. Camilleri logra la figura inolvidable del detective meridional propiamente dicho. Era guionista, director de teatro y de series de televisión, de manera que puede decirse que Montalbano nació con pasaje chequeado para la TV, aunque vio la luz en novelas escritas. El comisario fue bautizado en homenaje a Manuel Vázquez Montalbán y su personaje Pepe Carvalho, culto y desencantado detective gallego afincado en Barcelona, en deuda a su vez con Gadda y Sciascia.

  Y lo logró. Montalbano se hizo tan inolvidable, o al menos se lo sintió tan representativo, que el pueblo de Porto Empedocle, donde nació Camilleri en 1925, desde 2003 se llama Porto Empedocle Vigata, en honor a la ciudad imaginaria en que suceden las casi 40 historias del detective Salvo Montalbano. La serie, iniciada en 1999 y que continuó hasta 2019, se ambientó a su vez en otras locaciones de la Sicilia extrema: la casa de Montalbano, cuyo balcón está sobre la playa, es una de Punta Secca, un modesto barrio pesquero a 30 kilómetros de Ragusa; casi todas las imágenes iniciales son de la ciudad de Ragusa; la comisaría está en Scicli. Todo lo cual conforma -junto con otras locaciones- la imaginaria Vigata. Y Montalbano, un hombre de unos cuarenta años, explosivo pero bondadoso, de pelo al rape a la usanza actual, despierta junto a la ventana que mira el mar, da unas brazadas de crawl en verano antes de tomar café en el balcón e inexorablemente recibe una llamada del torpe agente Catarella, un incondicional que lo adora, anunciándole: "Dottore, dottore, hanno ammazzato uno!". Por esa llamada, se entra cada vez en el mundo siciliano de Montalbano. Y ese teatro es el del costumbrismo cómico, que relampaguea en muchas situaciones y personajes: el agente y secretario Agatino Catarella, que inevitablemente batirá la puerta contra la pared al entrar al despacho del comisario; el segundo de a bordo, el subcomisario Mimì Augello -mujeriego incontenible-, y el minucioso acopiador de datos Gisueppe Fazio, a quienes se suma el oficial Galluzzo, que suele disparar antes de tiempo. Montalbano eternamente deberá soportar el mal humor del bilioso dottore Pasquano, para obtener los primeros resultados de las autopsias, y encomendará misiones, acordes con el carácter de seductor, a Mimì. 

  Así pues, la vida de Montalbano, como la de todos los detectives de la literatura, casi no tiene innovaciones. Es su propia rutina. Su vida personal se compone de su intermitente novia Livia, que vive en Génova, con la que no se casará pero de la que no se separará nunca; su café a la mañana y los spaghetti con mariscos que almuerza en Enzo a Mare, un restaurante real de Punta Secca. Su rutina es también su eternidad.

  Si en los cuentos de detectives lo que menos importa es, paradójicamente, el "caso" -salvo por sus detalles macabros-, porque allí no hay pathos sino sólo un problema, muchas historias de las que es testigo el comisario Montalbano son piezas dignas de la tierra en que nació Luigi Pirandello. Mencionemos dos solamente: la de los actores que después de vivir 50 años juntos no están dispuestos a morir uno antes que el otro, por lo que ensayan cada noche, alternándose en los papeles, el suicidio, y la del viejo ex soldado, parecido por lo demás al escritor siciliano, que fue prisionero de guerra en los Estados Unidos, se casó y volvió, viudo ya, sólo para arreglar una cuenta con el pasado en Sicilia. 

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En la Argentina se puede ver completa en Flow