miércoles, 19 de mayo de 2021

"Agatha Christie's Poirot": El capitalismo que agoniza




 En algún momento de su exitosa carrera, Raymond Chandler decidió rendir homenaje a uno de los precursores de la serie negra, Dashiell Hammett, quien a partir de 1923 había comenzado a publicar sus relatos policiales en la revista Black Mask, fundada tres años antes en los Estados Unidos. Chandler escribió una frase que se cita con fruición desde los años sesenta. Dijo que Hammett "sacó el crimen de su vaso veneciano y lo lanzó a la calle".

 Chandler se extendió mucho más sobre la novela de detectives en su ensayo "El simple arte de matar" (1950), pero su análisis tiene siempre el trasfondo de una especie de enfrentamiento de clase entre el relato de detectives inglés y el estadounidense, como si uno hubiese sido una ocupación ociosa de aristócratas y el otro una nueva corriente literaria desarrollada por y para la clase trabajadora. Chandler imputó al relato "clásico" de detectives británico falta de realismo y artificiosidad. Tal vez tuvo razón, pero en cuanto a lo popular, Sherlock Holmes era ya un personaje no solo popular sino nacional cuando los detectives "duros" emergieron en la narrativa yanqui. El soporte, el famoso pulp -papel barato- fue, para la crítica en general, no ya un dato que determinaba el estilo de aquellas historias, sino también una posición ideológica. Ese punto de vista no tenía en cuenta que la novela de detectives inglesa también nació en los periódicos y no en las colecciones de libros de tapa dura forrada en cuero. Casi todo el análisis de Chandler, que sirvió de base a la nueva crítica, pedaleaba en el aire, porque Chandler tal vez había leído poco, y mal, a Conan Doyle, y probablemente no había leído a Agatha Christie, que publicó su primera novela -"El misterioso caso de Styles"- en los Estados Unidos el mismo año en que apareció Black Mask, y un año después en el Reino Unido. Allí hubiese visto que lo único que diferenciaba a un detective inglés de uno yanqui era la excentricidad, puesto que Holmes como Poirot (el detective insignia de Christie) eran marginales: uno, un aficionado de gran inteligencia cuyos méritos no eran públicamente admitidos por la policía; el otro un belga con costumbres refinadas hasta lo caricaturesco, que cosechó fama, pero también epítetos tales como "maldito enano belga", inspirados en la natural xenofobia de los pueblos. Puede que hubiera más realismo en la serie negra porque sus personajes centrales podían ser cínicos y rudos, a diferencia de los ingleses, que rara vez se dejaban envolver por la violencia en que se metían, pero en lo que hace a la artificialidad de la situación, era la misma: ambas vertientes descubren los lugares oscuros y despiadados del sistema mediante métodos irreales, ya que no existen, mayormente, ni en Londres ni en la costa Oeste estadounidense, detectives que lleguen tan lejos sin poner en movimiento los resortes de autodefensa de los poderosos, y esto puede incluir la eliminación física del investigador. 

   La serie "Agatha Christie's Poirot" (1989-2013) es una obra clásica de gran aliento del género televisivo, hoy disponible en YouTube, con enormes aciertos, dos de los cuales son básicos: el carácter caricaturesco de Hércules Poirot y la descripción de los ambientes claustrofóbicos de la alta burguesía y de la nobleza en decadencia. A través del pequeño dandy belga de bigotes engomados, cuya cabeza "tenía exactamente la forma de un huevo", maniaticamente pulcro y minucioso, de inteligencia brillante, engreído y delicado, Christie se permitió una crítica suave, aunque no inocente, no solo de la clase alta, sino también de la cultura y costumbres de todos sus compatriotas. La cocina es una de sus críticas frecuentes, y por fin le hace decir a Poirot: "Ustedes, los ingleses, no tienen cocina, sino comida". "Ustedes los ingleses" es una construcción verbal que menudea en el discurso del belga. En lo que respecta a sus casos, no hicimos una estadística, pero seguramente una mayoría de los 71 episodios que desarrolla la serie gira en torno a la herencia. Esto es, uno de los mecanismos de preservación de la acumulación capitalista. El procedimiento es totalmente fantasioso, artificial, falto de realismo, en esto tiene razón Chandler -quien sin embargo no mira, como queda dicho, el irrealismo del realismo norteamericano-, pero la violencia oculta, el desprecio, el crimen, escondidos bajo el añejo protocolo de la sociedad inglesa, saltan en cada historia como un conejo de la galera. Los personajes ingleses no se conmueven ante los cadáveres. No son cínicos, pero tampoco honestos y, en general, su acentuado aristocratismo los coloca en el lugar -ahí los pone Christie- de figuras de cómic, caricaturas. Asesinos despiadados, llegado el caso.

  El estilo de Christie no difiere de aquel que el pulp -la literatura popular- exigía a los escritores yanquis. Sus relatos son, en un enorme porcentaje, diálogos, mechados de descripciones sumarias, siempre suficientes, algunas veces agudas. Christie también escribía para los periódicos y para las colecciones de novelas baratas, que imponen un estilo. Su novela más vendida, "Diez negritos", imprimió más de cien millones de ejemplares en el mundo. Poirot se mueve entre aristócratas provocando su desprecio, pero cuando está entre burgueses modernos y liberales que toleran la nueva moda -por ejemplo los atrevidos trajes de baño en una playa recién inaugurada- dice este tipo de cosas:

-¡Sí, deplorable suprimir toda ilusión, todo el misterio! ¡Hoy todo está estandarizado! -indicó con una mano las recostadas figuras de los bañistas-. Eso me recuerda muchísimo la Morgue de París.

-¡Mister Poirot! -exclamó mistress Gardener, escandalizada.

("Maldad bajo el sol", 1941)

  Uno de los ingredientes de las imágenes visuales de la serie, que la hace muy atractiva, es el escenario art decó que ofrecen los nuevos edificios, empezando por el departamento de Poirot. De manera extraña ese diseño geométrico, opuesto al art noveau -que incluiría el famoso "vaso veneciano"-, se lleva bien con el estilo de Poirot, quien luce invariablemente cuellos ópera, pajaritas y zapatos con polainas. Así vestido, con sus pasos cortos, rápidos y muchas veces desconcertados, el Poirot del actor David Suchet ha pasado a la galería de los grandes personajes de la televisión británica. Es un Poirot más bien literal, pero tan recordable como el de Peter Ustinov, quien hizo de Poirot en seis películas entre 1978 y 1988, empezando con "Muerte en el Nilo". El capitán Hastings es el socio casi permanente de Poirot, y tal vez el detective lo tiene a su lado para recordar el espíritu pueril de los ingleses: Hastings, además de llevar por apellido el nombre de la histórica batalla con que se inició la conquista normanda de Inglaterra, es un distraído cultor de los deportes y los autos, lector de periódicos y aficionado a los viajes. A él se debe la primera descripción de Poirot:

Medía apenas más de cinco pies y cuatro pulgadas [1,62 más o menos], pero se desenvolvía con una gran dignidad. Su cabeza tenía exactamente la forma de un huevo y siempre la ladeaba un poco hacia un lado. Su bigote era muy tieso y militar. Incluso si toda su cara estuviera cubierta, las puntas del bigote y la nariz rosada serían visibles. La pulcritud de su vestimenta era casi increíble; creo que una mota de polvo le habría causado más dolor que una herida de bala. Sin embargo este hombrecito de vestimenta pintoresca había sido en su tiempo uno de los miembros más famosos de la policía belga.

("El misterioso caso de Styles", 1920)

  Ustinov no se ajustaba mucho a esa descripción, salvo por el bigote, pero también su espíritu era distinto: causaba simpatía, mientras que el Poirot de las novelas, como el de la serie, provoca repulsión y rechazo en casi todas las personas con las que trata, especialmente las muy inglesas. Y no tanto por sus revelaciones, cuanto por su carácter. Pero Ustinov conservó el rasgo principal del personaje: la confianza en el funcionamiento de las células grises, que Poirot menciona y elogia continuamente. Si este Poirot, menos caricaturesco y más tratable, respondía a otro público, Ustinov lo interpretó a conciencia. La serie, en cambio, brinda un tributo en gran parte retro, como si rindiera homenaje a una leyenda. Y este es el punto de quiebre verdadero entre el policial británico y el yanqui: las historias y personajes ingleses, especialmente los de Agatha Christie, son realmente -por así decirlo- legendarios, visiblemente ficticios, en tanto los del otro lado del Atlántico surgen en un mundo gris donde la ficción social cede lugar a una crueldad sin límite y mal cubierta en los negocios, legales o ilegales.

 Todas las historias negras terminan de modo amargo, en tanto las de Poirot culminan con el rito de la reunión de todos los personajes, en la que el detective infalible de bigotes verticales usa la psicología de grupo en apoyo de la verdad que va a revelar. Unas son las historias del antiguo capitalismo imperial que disputa la herencia económica y cultural del reino; las otras, las del capitalismo sin empaque, en donde el dinero es el desenfadado dador de poder, y se lo persigue sin piedad y sin modales.


martes, 11 de mayo de 2021

"The Nevers", "Sombra y hueso", "El legado de Júpiter", "Lugares muertos": Vuelven los poderes extraños

 

Los seres con superpoderes, una estirpe originada en la ciencia-ficción, fueron cambiando desde la creación de Superman en la década de los 30, el primero de los grandes superhéroes del mundo DC Comics. Marvel compitió desde siempre con la DC imaginando superhéroes más realistas, algunos marginales, incluso delincuentes, hasta formar también su dream-team de hombres y mujeres dotados de fuerzas extraordinarias, que van desde la vieja y querida telepatía a electrificar seres vivos o golpearlos de modo tal que viajan kilómetros en el aire. Todos ellos se relacionan mal con su poder, o prefieren olvidar que lo tienen o son cuestionados por los daños colaterales que provocan cuando quieren hacer justicia. Una de las mejores creaciones del mundo Marvel ha sido Jessica Jones, imaginada por Brian Michael Bendis. Sus puños pueden enviar muy lejos a sus enemigos, destruir un muro o reducir un auto a chatarra, pero Jones ha dejado el traje de superheroína e intenta vivir como detective privada, le da fuerte a la botella y tiene una oficina polvorienta como los detectives de la serie negra estadounidense. Marvel fue la primera en percibir la relación conflictiva que seres físicamente superdotados tendrían con el mundo, en gran parte gracias a uno de sus mejores escritores, Stan Lee, el inventor de Hulk, los Cuatro Fantásticos, el Hombre Araña y Daredevil, entre otros. Marvel terminó erigiendo un nuevo universo, no ya de héroes, sino de mutantes que tienen habilidades extraordinarias cada vez más complejas. Los X Men fueron agrupados en dos bandos, uno dirigido por el profesor Xavier, que  ha creado una institución destinada a formar a los mutantes en el bien y lograr que se integren a la sociedad. El otro, liderado por Magneto (no Magnetto eh), quien prepara a sus muchachos para devolver con hostilidad la hostilidad del sistema. Pero los mutantes son, en el mundo X Men -que como casi todos los mundos del cómic pasó al cine- un problema social y político de alto vuelo. La saga incorporó a Wolverine, un mutante con "capacidades mejoradas", un hombre lobo canadiense dotado de garras de metal, el más popular, quizá, de los X Men.

  Heredera de la noble tradición de los mutantes rechazados por la sociedad es la recién estrenada "The Nevers", de HBO. Aunque quizá se trate de mutantes inducidos, esto es, provocados por una incursión extraterrestre. En la serie, las llamadas The Touched son mujeres mutantes en el mundo victoriano. Joss Whedon, un escritor de Marvel, y también de la DC, es el responsable de esta ocurrente visión en la que mujeres inglesas, casi todas de la clase obrera, producen asombro y rechazo por sus poderes -¿los llamaremos "capacidades diferentes"?- que van desde la lectura del futuro hasta la manipulación del fuego. Entre ellas también hay una giganta y un hombre, dotado de la capacidad de curar con sus manos. Whedon salió del proyecto el año pasado y desde enero de este año la guionista principal es la británica Philippa Goslett.

  Una especie humana en mutación es la que comienza a reemplazar el mundo de los vengadores enmascarados, seres que generalmente van por los techos, hombres y mujeres de doble vida. La buena conciencia agregó otro problema para los justicieros: si actúan por las suyas, de hecho están fuera de la ley. El peso de esta legalidad se hizo sentir en las nuevas historias de los grandes héroes estadounidenses de la DC, empezando por Batman, y les creó conflictos. Marvel ya sabía esto desde hace tiempo y prefirió poner el foco en otra cuestión: los daños materiales que ocasionan, que los hacen indeseables, al mismo tiempo que aclamados, hasta desembocar en la cuestión del rechazo segregacionista y el intento de manipulación genética que intentan el Pentágono o la CIA, un tema ya tradicional del cine de entretenimiento.

  En medio de un regreso de los superdotados conflictivos, tenemos también el de los dotados de un poder especial de origen místico. Esta es la otra estirpe, proveniente de la imaginación mitológica, no de la ficción científica. Y aquí entra Netflix con el reciente estreno de la estadounidense "Sombra y hueso", basada en las novelas de la escritora israelí Leigh Bardugo, que lleva vendidos millones de ejemplares en el mundo. Es una producción de Laps Entertainment, responsable con Netflix de series fantásticas, como "Stranger Things", entre otras. Hay quien piensa que "Sombra y hueso" puede llegar a igualar el éxito de "Juego de tronos". Veremos. Se trata de mundos imaginarios, de los que hemos conocido muchos en cine y series, y de seres que tienen un poder arcano. Por ahora, solo podemos apreciar la originalidad del escenario en que discurren los acontecimientos: un país en guerra, Ravka, que imita la Rusia imperial del siglo XIX, tal vez. Un territorio nevado y dividido, embarcado en una guerra de fusiles de un tiro y caballería. Pero tenemos aquí una zona de sombra poblada de monstruos, que a su vez parte en dos el escenario físico. El origen de esta zona está en la penumbra, justamente, pero se aclara en la primera temporada. También podremos ver que la protagonista, Alina Starkov, una cartógrafa militar, descubre el inmenso poder del que es portadora.

  Pero esto no es todo. Netflix también propone una revisión del mundo de los superhéroes con "El legado de Júpiter", basada en la historieta del mismo nombre de Image Comics, de 2013. Aquí el propósito de discutir dos concepciones del heroísmo es tan explícito como el contraste de los trajes de los superhéroes clásicos, basados en mallas y corazas blancas, azules y rojas -seres notoriamente de cuentos de hadas modernos-, con la sociedad "realista" en la que actúan, en la que los hijos superdotados rechazan el camino de los padres o no creen ya en sus códigos morales. Del mismo modo son contrastantes el presente y el pasado de los viejos superhéroes en los años treinta y cuarenta, que se cuenta en paralelo. Hay que decir que lo de los trajes está tan ridículamente exagerado que uno no sabe si pensar que es irónico o precisamente ridículo.

  Por último la vieja y querida narración de brujos y aparecidos retorna en Netflix con la serie sudafricana "Lugares muertos". Es la historia de un escritor que ganó mucho dinero con relatos sobre su poder de hablar con los difuntos, que adquirió cuando era un chico. En esa edad perdió a su hermana en un túnel de los que drenan el agua de las tormentas en las afueras de Johannesburgo. Vuelve de Londres con el propósito de revisitar ese escenario trágico de su infancia y esclarecer de una vez la desaparición de su hermana. Pero lo meterán a detective del Más Allá algunos acontecimientos extraños en Ciudad del Cabo y en su ciudad natal. Contará como chofer con un ex policía malhumorado, presto a disparar antes que a conversar con seres reales o espectros. La serie es modesta en sus intenciones, y redonda su primera temporada, lo cual debe destacarse y agradecerse en el mar de series con temporadas inconcluyentes. Hay en esta historia seres sobrenaturales que a veces recuerdan los del cine clase B de los años 50, pero de entrada la narración asimila el clisé: ante la vista de una casona abandonada a la que asisten para cumplir una de sus misiones, el chofer malhumorado murmura: "Una mansión tenebrosa en una colina, vaya clisé", a lo que el escritor detective responde: "Lo dice el ex policía alcohólico". También está la influencer que investiga casos naturales o sobrenaturales para su canal de YouTube. Un elenco de personajes previsible pero muy funcional.


jueves, 29 de abril de 2021

"Batwoman" y la Trilogía de Batman


Hete aquí que vuelve -en el soporte papel ya había aparecido- Batwoman. La serie (2019-2020) retoma la historia de Batman en un punto imaginario en que tanto el millonario melancólico Bruce Wayne como el Hombre Murciélago han desaparecido de Ciudad Gótica. No sabemos por qué. ¿Lo sabremos? Eso no importa. Lo que importa es que la prima de Bruce Wayne, Kate Kane, quien debió dejar el colegio y la ciudad cuando asumió su identidad sexual lesbiana, regresa y decide tomar el rol secreto de su primo. Solo por afán de justicia, no de venganza, ya que el crimen señorea en la ciudad. Pero el padre de Kate Kane es el jefe de una compañía de seguridad que la ciudad contrató para evitar el desborde (la seguridad entregada a la empresa privada es un detalle interesante). Jacob Kane representa un nuevo enfoque sobre el vigilante murciélago y en general sobre los vigilantes que actúan por su cuenta. Esto no estaba previsto en la antigua historieta aunque había asomado en la saga cinematográfica de Batman: los enmascarados que hacen justicia por sus manos incurren de hecho en un delito. La gente puede adorarlos, pero ellos son parapoliciales, transgresores de la ley. Algún demócrata progresista debe de haberlo señalado en algún momento. Si las películas solo plantean el problema, en "Batwoman" Kane ha decidido que el Murciélago es casi su enemigo personal. De ahí que la hija, convertida en Mujer Murciélago, no sea algo que su paladar soportaría, en caso de que se revelara la identidad de la reemplazante de Batman. De hecho, pudo soportar mucho mejor que fuera lesbiana.

  Y, con todo, no es su propio padre el principal problema de Batwoman. Lo es la jefa de la Pandilla Wonderland, Alice, una lectora de "Alicia en el País de las Maravillas", tan cruel como los peores personajes de esa tierra de absurdos, y mucho más cínica. Tanto que uno dejaría la primera temporada por la mitad, o menos, harto de cinismo y sarcasmos, si no fuera que la nueva Ciudad Gótica y su galería de malos es interesante. Por otra parte, el propósito de venganza de Alice no solo es desmesurado sino que su origen -el secuestro, cuando era niña, por parte de un psicópata y el dolor de que su familia la diera por muerta y dejara de buscarla- no condice con el constante cinismo de la Alice joven... Todo es demasiado en este personaje, hay que decirlo.

  Pero de la primera a la segunda temporada ocurre un hecho decisivo: Batwoman en apariencia ha muerto en un accidente de aviación, tal vez un atentado, y una chica negra, también lesbiana, que sobrevive vendiendo drogas y cuyos padres adoptivos fueron asesinados, encuentra, créase o no, el traje de la Mujer Murciélago... Y lo adopta, con los fracasos y torpezas del caso. Esta nueva batichica es más simpática, aunque el propósito ideológico de agregar la negritud y la marginación al lesbianismo sea demasiado evidente. Personalmente, le cobré más simpatía a la segunda Batwoman, al menos porque no tiene que lidiar preferentemente con Alice...   

 Que la DC Comics y la Warner continúen alimentando el mundo murciélago justificaría un pequeño recuento, cuya pieza más valiosa es sin duda la trilogía cinematográfica de Christopher Nolan, que corrigió los tropiezos de sus antecesores inmediatos, el mismìsimo Tim Burton y Joel Schumacher, que con "Batman y Robin", su segunda pelìcula sobre Batman, podría haber obtenido, si existiese, el galardón a la peor película sobre el Hombre Murciélago. Entre ambos directores cosecharon cuatro tropiezos, y tuvieron grandes actores que no les ayudaron a hacer buenos productos, entre 1989 y 1997. En 2005 comenzó la gran saga de Nolan. Tres gloriosas cintas que narran la historia de Batman de pe a pa: Batman Begins (2005), The Dark Knight (2008) y The Dark Knight Rises (2012), esta última una de las grandes películas del cine comercial de todos los tiempos.

  Miremos un poco hacia atrás. Batman fue una creación de la DC que se remonta a la década del 30: una extraña decisión de la compañía que había creado a Superman y ganaba mucho dinero con él. Bob Kane fue el dibujante que inventó la contracara oscura del justiciero. Superman era un hombre más allá de la ley, pero actuaba en concordancia con la policía, por amor a la justicia. Era la autoimagen de los Estados Unidos a pleno. Batman era un vengador. Actuaba porque sus padres habían sido asesinados por un delincuente, y la policía le importaba poco. Pese a eso, el que se convertiría en personaje legendario también, el comisionado Gordon, lo llamaba cuando estaba en dificultades, con la famosa batiseñal: la imagen del murcièlago proyectada en el cielo siempre encapotado de Ciudad Gótica. Paulatinamente, la ciudad se llenó de genios del crimen, monstruosos, como el Guasón, el Pingüino, Dos Caras, el Capitán Frío... Con ellos, la historieta tenía para rato, y las primeras series televisivas también, especialmente la de los años 60, que más o menos recuerdan todos, con leyendas onomatopéyicas y dos héroes  invencibles y prolijos, Batman y Robin, protagonizados por Adam West y Burd Ward... Dos buenos muchachos, dos correctísimos parapoliciales. Se habrían eternizado de no haber sido que el público los abandonó. En los 80, la historieta se renovó, con un Batman sombrío y una ciudad tétrica. En realidad volvió a su origen. El resto es, poco más o menos, la historia de las películas antes mencionadas.

  ¿Por qué la trilogía de Nolan es el punto culminante de toda esta historia? Alguna vez se sabrá cuál fue la razón que movió a la DC Comics a crear un héroe oscuro cuando tenía otro, luminoso, que producía fortunas. Entre tanto, tenemos que Nolan captó la esencia de una historia que proviene de las honduras del siglo XIX; un personaje cuyos parientes son el conde de Montecristo, el bandido Dubrovsky, el Corsario Negro, pero en modo alguno un policía vocacional. Nolan cuenta el origen, la aventura, la caída y vuelta a la cueva, y finalmente el ascenso, de un vengador que muestra en su cuerpo las desastrosas secuelas de sus peleas en los techos, como un viejo gato callejero. En la segunda película, el Guasón, una creación increíble -por lo creíble- de Heath Ledger -que murió poco después de una sobredosis accidental de medicamentos-, le tiende a Batman una trampa mortal, obligándolo a sumergirse en la tiniebla de la que solo emergerá como un resucitado en la tercera película. El teorema del Guasón es que todo ser leal y justo oculta a un criminal que despierta cuando se toca lo que más quiere. Su objetivo para demostrarlo es Harvey Dent, el implacable fiscal de Ciudad Gótica.

  He ahí una historia del más puro romanticismo. El héroe oscuro en su esplendor, valga la paradoja, interpretado por un Christian Bale que al principio uno diría no da para Batman, y sin embargo crece cuanto el personaje lo hace. Nolan también tuvo figuras estelares en sus películas, pero las aprovechó a fondo: Michael Cane como el protector mayordomo Alfred; Morgan Freeman como Lucius Fox, el inventor de artefactos para Batman, y Gary Oldman, como el mejor rostro y la mejor actuación para el comisionado Gordon, que de este modo se hace inolvidable.

  En el número 4 de la Biblioteca Clarín de la Historieta escribí en 2004: 

En Historia social de la literatura y el arte, libro que muchos consultaron en los sesenta y setenta, el húngaro-británico Arnold Hauser establece la genealogía del héroe oscuro. Se remonta al mito del ángel caído, que no es otra cosa que el demonio. El ángel caído está poseído por la venganza. El romanticismo recupera la figura primigenia del ángel proscrito; en particular el inglés George Gordon (Lord Byron). Más en su actitud que en su literatura, Byron es aquel “hombre misterioso” en cuyo pasado “hay un secreto, un terrible pecado, un yerro siniestro o una omisión irreparable”. Byron parecía avanzar por el mundo cargando esta condena. Y por cierto, usaba una capa oscura.

Batman no cometió pecado pero hay en su pasado una “omisión irreparable”: el aparato de la ley. Nadie pudo salvar a sus padres, y él no podía. La ley no estuvo cuando la necesitó y Batman la ignora. Esta es su “omisión”. Sobre ese bache erige la figura a la que viste con las tinieblas de su alma. Persigue a los delincuentes porque fue un delincuente el que mató a sus padres. Si hubiesen sido policías, perseguiría a los policías del mismo modo obsesivo. Batman -más allá de la liviandad del cómic- recrea la figura del dolor liberado. No es hombre del bien ni del mal. Es alguien que todos fuimos alguna vez. Bruce Wayne ha muerto en verdad en el Callejón del Crimen. Batman es un fantasma que solo puede agregar oscuridad a la noche.

Nolan vio algo de esto. Su saga agrega a la historia la regeneración, la recreación del ser humano por sí mismo, algo que pertenece a los buenos tiempos del crecimiento del capitalismo estadounidense. Un anacronismo encantador, como todo el resto.   

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HBO/Flow


lunes, 19 de abril de 2021

"El sabor de las margaritas": Otro estudio en escarlata

 

Está claro que actualmente ningún policía que se precie puede seguir un caso sin pegar fotos y recortes en una pared o sobre un vidrio y unirlos con hilos o con trazos de marcador. Como tributo a ese recurso que no sabemos si la policía real utiliza pero que es ya lugar común de toda serie policial estadounidense o europea, "El sabor de las margaritas" (2018 y 2020) hace de los hilos rojos el leit motiv de la apertura de cada capítulo. Podría ser una ironía, pero no es el único tributo al lugar común: tambièn hay un pueblo en el que "no pasa nada" al que llega una policía de la ciudad para investigar un crimen. La o el policía arrastran siempre algo turbio o doloroso de su pasado cuando llegan a los pueblos. Esto le ocurre también a la protagonista de "El sabor de las margaritas", para qué mezquinar clisés. 

  Por todo esto, y por la consabida desaparición de una adolescente que intriga a la investigadora, el comienzo de la serie gallega (hablada en gallego) se hace difícil de digerir. Para colmo la protagonista parece alelada, no da pie con bola, no muestra un carácter muy atractivo y si bien no es una alcohólica, como suelen ser en las series sus colegas masculinos -e incluso femeninos-, consume mucho ansiolítico.

  Las cosas cambian cuando aparece un cabaret, acaso algo rumboso para un modesto pueblo gallego, y su propietario en silla de ruedas. Algo turbio hay detrás. Se supone algo vinculado al tráfico sexual con menores, que tampoco es novedad en las series policiales, pero que tiene aquí una cuota de perversión y violencia contra las mujeres-niñas realmente horrorosa. La investigadora va cobrando carnadura y la serie se hace interesante. Aunque tan complicada como la red de hilos rojos sobre las fotografías.

  La segunda temporada, con ambientes urbanos, se enreda aún más, si cabe, pero quizá por su enviscada complicación -al cabo bien tejida- y el baile de máscaras que desata, atrae.

  Tal vez como simple homenaje, cada capítulo está precedido de una cita de la Divina Comedia, de la que surge el título respectivo. Aparecen citas en los asesinatos también, pero no tienen que ver estructuralmente con ellos ni son pistas. Apenas fungen como recordatorio del infierno, que no tiene regreso ni salida, como ya sabemos.

  Es densa. En la resolución del crimen no hay ninguna liviandad, ni un solo paso de comedia, ni una sonrisa. Las únicas que aparecen son falsas, en una sesión de fotografía. El paisaje, precioso. El crimen, realmente horrible y verosímil. Pero no querremos saber de los culpables sino de si eso tiene solución. La respuesta parece ser: solo el vengador solitario, en el futuro, hará justicia. Porque del poder no se puede esperar mucho, ya que el mal emana de él como de chimeneas del infierno a flor de tierra.


jueves, 15 de abril de 2021

La saga del profesor Langdon: códigos, símbolos y asesinos


Las tres novelas famosas de Dan Brown en que se basaron las respectivas pelìculas tienen en común que desarrollan tramas policiales tejidas sobre interpretaciones de símbolos y figuras que realiza el profesor Robert Langdon. En las películas dirigidas por Ron Howard el clima de estos bestsellers mundiales acaso está mejor logrado, ya que cuenta con los escenarios verdaderos de París, Londres, Roma, El Vaticano, Florencia, Venecia e incluso Estambul. Se trata del conocido "Código Da Vinci" (2006), a la que siguieron "Ángeles y demonios" (2009) e "Inferno" (2016). Las novelas tuvieron otro orden de aparición: "Ángeles y demonios" es la primera. La última, "Inferno" es tambièn de la mayor actualidad en 2021: gira en torno al primer libro de la "Divina Comedia", de Dante Alighieri (de cuya muerte se cumplen 700 años este año) y el tema central es una peste mundial a punto de ser desatada por un virus.

  Las tres pelìculas pueden ser vistas incluso como una serie. No fueron concebidas así aunque daban para eso. Habría sido una serie de nueve capítulos, tal vez. Lamentablemente, solo las dos últimas están disponibles en el streaming más popular en la Argentina.

  Debo hacer una aclaración retrospectiva, aunque a nadie le importe mucho, ya que es puramente personal. En los primeros años de este siglo me enojé con "El código Da Vinci" y no quise ver la película. Había leído unas cuantas páginas para robustecer mis prejuicios y solo con el propósito de que eso sucediera. Mi principal prejuicio era que no se podían tomar a la bartola figuras religiosas, históricas o de la ciencia y el arte y meterlas en una fantasía policíaca alterando datos o inventándolos. Además, me parecía que seguramente el libro reduciría el falso dilema ciencia-religión a los términos tontos del liberalismo más elemental, lo cual no es exactamente así. Años de series televisivas en que protagonistas de la ciencia y la historia fueron metidos en ficciones más o menos disparatadas pulieron un poco esos prejuicios. Hasta entendí que había algo de verdad sobre esas figuras o quise creerlo, y que las fantasías e intrigas urdidas en torno a célebres pensadores eran incluso, lateralmente, un modo de divulgación. Contribuyó mucho a esto el reconsiderar si Brown no tenía el mismo derecho que Umberto Eco en su "Péndulo de Foucault". Que uno fuera un gran medievalista y semiólogo y el otro solo un escritor que seguía el camino de Sidney Sheldon y tantos otros, daba para hacerse incluso la misma pregunta: ¿quién era el que se metía en el campo del otro? ¿El ficcionalista en la Edad Media y el Renacimiento o el medievalista en la ficción?

  No volví nunca a los libros de Brown, en cambio las películas basadas en sus libros me parecieron buenos policiales, en los que el detective no es experto en criminalística o en psicología sino en símbolos, en arte y en historia; un detective singular capaz de interpretar hechos a partir de esos conocimientos. Hechos que parecen codificados para que los desentrañe una persona con sus talentos. Fuera de lo directamente inventado, en lo que hace al conocimiento de arte y simbología Brown parece bien asesorado o documentado; esas pelìculas tienen un atractivo particular, e incluso un plus, como digo, de divulgación. Decir que contribuyen al pensamiento sería horroroso, pero es claro que algunos datos y relaciones pueden ser pistas interpretativas. De "El código Da Vinci", que finalmente vi, recuerdo entre otras cosas al profesor Langdon mostrando en un solo movimiento de sus manos los símbolos más antiguos y naturales del falo y la vagina, lo masculino y lo femenino, el cielo y la tierra, el yin y el yang, etc.: las dos manos unidas por las puntas de los dedos en forma de flecha hacia arriba; las dos manos unidas por el borde inferior de las palmas y abiertas como una flor, también hacia arriba. Está claro para mí que las manos unidas por las palmas en la plegaria sintetizan ambas cosas. Increíblemente, escritores académicos demostraron lo "absurdo" que era pensar -como propone "El código Da Vinci"- que Cristo tuvo descendencia con Marìa Magdalena; el comentario cientìfico aportó incluso cálculos sobre la proporción de genes de Cristo que tendrían hoy los herederos de su sangre, proporción que resulta, es claro, infinitesimal. Esto es lo mismo que demostrar que en el centro de la Tierra no está Satanás mordiendo eternamente a Caín y a Brutus.

  Religión y ciencia son el fondo de estas historias, pero llevadas a escalas conspirativas como las que solo se han visto -por ahora- en las grandes producciones hollywoodenses de espionaje. Y hay conspiraciones de ambos lados, y atrocidades parejas. Si "El código Da Vinci" y "Ángeles y demonios" prolonga imaginariamente esas  luchas oscuras en el presente, "Inferno" coloca en la actualidad el delirio mesiánico de un laico. El tema que este plantea con simplicidad es el del descontrolado crecimiento demográfico y las formas drásticas de terminar con el problema, para que el problema no termine con la humanidad en cien años (más o menos: quizá también se puede demostrar cientìficamente que el cálculo está equivocado). Los críticos consideraron esta como la peor película basada en Brown. Desde luego, no pudieron superar el prejuicio de que Brown es un autor de novelas de "entretenimiento" y todo lo que se haga con ellas será malo, inconcebible, incluso el manejo de cámaras que intentaron (los críticos, claro) enseñarle a Ron Howard. Muchos de ellos no deben haber hojeado siquiera la "Divina Comedia", donde todo es inverosímil. Brown, sus personajes y acaso el director la conocen en parte, al menos, así como Brown sin duda conoce Florencia y Venecia, sus rincones, monumentos a los que nadie presta atención e historias ocultas tras los muros y las telas, muchas de ellas incomprobables... Tan incomprobables como que a un enfermo de omnipotencia se le ocurra liberar un virus para salvar a la humanidad matando a la mitad de los humanos. Tan loco todo como que el dogo de Venecia saquease Constantinopla de camino a las Cruzadas... En fin. Todos tenemos siempre algo que decir al respecto. Y si no, a tomar por culo, como dicen los españoles: mejor que Brown, para entretenimiento, sin duda las muy verosímiles pelìculas de la serie "Misión: Imposible".



sábado, 10 de abril de 2021

"Tribus de Europa": Qué aburrido se está poniendo el Apocalipsis

 


Hay dos palabras que no se les caen de la boca a los reseñistas de las series televisivas: distopía, y sus derivados distópica y distópico, y postapocalíptico/a... "Tribus de Europa" (2021), la serie de Netflix y la alemana Wiedemann & Berg, que causa "sensación", dicen -no conocemos ninguna estadística que respalde este aserto-, ofrece la posibilidad para nada excepcional de reunir las dos palabras. En rigor, todo futuro postapocalíptico sería distópico, pero en fin... Tomás Moro inventó la palabra utopía en el siglo XV uniendo los términos griegos ou, que indica negación, y topos, que significa lugar, de donde el nombre de Utopía que puso a su mejor estado posible quería decir "lugar inexistente". En general, se usa como proyección futura feliz e irrealizable. Distopía en cambio no significa nada etimológicamente, salvo negar la isla de Utopía, de Moro, en cuyo caso debería decirse Disutopía. Sería más simple utopía negativa o utopía negra, como en algún tiempo se usó. 

 El Postapocalipsis, en cambio, es ya insufrible.

 "Tribus de Europa" tiene los mismos previsibles desarrollos y personajes que cualquier serie "épica" (es otro de los mil subgéneros actuales). Podría suceder entre tribus de Norteamérica, entre piratas y aun entre pueblos antiguos de Europa o de Asia. Tres hermanos tienen tres destinos: uno cae prisionero de una tribu malvada (o de piratas, o de indios), otra trata de salvarlo y el tercero tiene una misión que consiste en llevar un artefacto tecnológico o mágico al lugar de donde vino, para revelar su misterio y porque eso será beneficioso para el futuro de la humanidad. Algo así como llevar el anillo de Frodo al Monte del Destino.

  La singularidad de la serie, el hecho de que las tribus resurgen en Europa luego de una catástrofe que ya no es atómica sino tecnológica, no es explotada. Aburre ver las mismas penurias y gestos malvados de cientos de series de acción. Una tribu de malos entrenados para la dominación, que predica la falta de piedad como fortaleza y controla lo que queda de Berlín; una tribu de soldados con uniformes y pertrechos del siglo XXI, que quiere la reunificación de Europa (¿el ejército de Carlomagno revivido?); una tribu de amazonas; una tribu de misteriosos atlantes que quizá sean extraterrestres; y finalmente la tribu pequeña que vivía en contacto con la naturaleza, hasta que una nave cayó del cielo y de ella recuperaron un objeto mágico (o, como dijimos, tan avanzado tecnológicamente que lo parece). La tribu de los malos, que se llaman Cuervos y se pintan de negro como miembros de algunas tribus de pieles rojas, les cayó encima, mató a casi todos y convirtió en esclavos al resto. Todo por ese misterioso objeto atlante.  En el caso del mayor de tres hermanos, pasa a ser esclavo sexual de una señora de la guerra (cuyo rey es tan malvado cuanto previsible: se rodea de beldades semidesnudas y recibe a la mencionada señora comiendo groseramente y sin invitarla a sentarse: ¿cuántas veces vimos esto en el cine por entregas?).

  Seis capítulos, y la historia queda colgada del pincel, hay que avisarlo. Y, como subrayan ya algunos medios en Europa, Netflix no se ha pronunciado acerca de una segunda temporada.